Entrada de un blog antiguo, que rescato.
por el rigor del vaso que la aclara,
el agua toma forma.
En él se asienta, ahonda y edifica,
cumple una edad amarga de silencios
y un reposo gentil de muerte niña,
sonriente, que desflora
un más allá de pájaros
en desbandada…
Hoy en día, sin embargo y pese a la creencia de que la muerte mexicana es más benévola y menos macabra que en el resto del mundo, esta costumbre pudiera parecer un tanto escandalosa para el sector “más civilizado” de la sociedad, ya que con el paso de los años, hemos heredado de otras culturas, el pudor ante la muerte.
Pero en esos años, finales del siglo XIX y principios del XX, la fotografía o daguerrotipos, era un lujo que bien se podía tomar una familia de cualquier posición social, para que el último instante de vida del pequeño, no se perdiera en el olvido.
La verdad, es que la costumbre no es exclusiva de nuestro país, sino que fue aprendida de los europeos, quienes fotografiaban a sus muertos para recordarlos. Sólo que en nuestro país, la Muerte niña, tomó mayor importancia.
Es importante señalar que se le “festejaba” a las criaturas fenecidas por entrar de nueva cuenta al reino de los cielos, sin haber sufrido la macula del mundo terrenal y tener que atravesar sus duros caminos. Los niños, a esa tierna edad no podían tener pecados en su haber, por lo que ni siquiera había que rezar por el descanso de su alma.
De allí que hasta hoy en día, se guarde una especial y muy nostálgica alegría en sus velorios. Si bien es cierto que la costumbre de retratarse con ellos ha terminado, en algunos lugares menos urbanizados, se acostumbra, que los niños y jóvenes solteros asistentes al velorio de un pequeño, jueguen y rían entre ellos rondas y bromas, para que el alma del niño vaya en alegría y paz.
Es por eso que se distingue y clasifica a los difuntos y por ello, tienen un día especial para recordarseles; por eso el uno de noviembre se recuerda y celebra a la Muerte niña.